[Live Review] Nevermore en Chile: el legado permanece

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Viernes 24 de abril de 2026, Teatro Cariola

Noche de viernes en el mítico Teatro Cariola, pero esta no era una jornada cualquiera. La espera llegaba a su fin para uno de los regresos más improbables y, a la vez, más esperados dentro del metal: el debut en Chile de Nevermore. Tras la fatídica muerte de Warrel Dane en 2017, todo parecía haber quedado sepultado bajo el peso de una historia inconclusa. Sin embargo, contra todo pronóstico, una nueva chispa comenzó a tomar forma cuando Jeff Loomis y Van Williams decidieron retomar las riendas y enfrentarse a una tarea tan compleja como inevitable: devolverle vida a una banda cuya identidad parecía intocable.

Ya pasadas las 19:30 horas, salta al escenario Mariano Vergara Band, provenientes de la ciudad de Arauco, Región del Biobío, dando el puntapié inicial a la jornada con una propuesta de metal progresivo cargada a riffs pesados y una ejecución técnica más que destacable. Sin embargo, y a modo personal, la presentación dejó una sensación clara: la ausencia de un frontman sólido. Si bien la banda exhibe ideas interesantes, un buen nivel de composición y un evidente fiato entre sus integrantes, la propuesta carece de un elemento fundamental dentro de este estilo: una figura que canalice la energía y conecte directamente con el público. Temas como “Nox Incipiens”, “Vox Intra”, “Tenebrae Infantiae” e “Iter Sacrum” dieron cuenta de un trabajo elaborado y de músicos con jerarquía, algo que el propio Mariano Vergara reforzaría al mencionar que se trata de una formación relativamente nueva. Y eso se notó: la banda funciona, está cohesionada y tiene dirección. Aun así, la sensación de falta de “alma”, ese espíritu rebelde tan propio del metal, se hizo presente por momentos. Su propuesta parece apuntar a un nicho más técnico, más cercano al músico que al banger promedio que busca una conexión visceral. Incluso, la conceptualización de los temas no logra traducirse con claridad en lo que se percibe en vivo, generando cierta distancia con el espectador.

Con todo, fue una presentación de buena calidad que, en poco más de media hora, mostró una propuesta distinta dentro del circuito nacional, destacando además el mérito de provenir de regiones, donde el camino para llegar a estos escenarios suele ser considerablemente más complejo.
Luego fue el turno del heavy metal más tradicional, con la arremetida de Hefesto, quienes salieron al escenario con una energía arrolladora. De la mano de su frontman Jaime González, la banda desplegó una presentación sólida, marcada por una muy buena técnica vocal y una presencia escénica que incluyó cambios de vestuario, reafirmándolo como uno de los nombres destacados dentro de la escena nacional. Si bien el sonido no siempre jugó a su favor, aquello no logró opacar la contundencia de su presentación. Por el contrario, la actitud y el desplante de la banda lograron sobreponerse a las limitaciones técnicas, sosteniendo en todo momento la intensidad del show. Con una propuesta cargada de simbolismo, Hefesto construyó una verdadera “forja sonora”, donde cada tema representó una manifestación distinta de la condición humana. Títulos como “Envidia”, “Soberbia”, “Gula”, “Lujuria”, “Pereza” y el instrumental “Requiem de Aqueronte” no solo remiten a los pecados capitales, sino que en escena se transformaron en pulsiones llevadas al extremo, canalizadas a través de un heavy metal potente y directo, logrando una combinación efectiva y coherente.

A nivel instrumental, destacó el trabajo del guitarrista Gabriel García y del bajista Julio Soto, quienes aportaron no solo solidez musical, sino también una puesta en escena con elementos coreográficos que sumaron al espectáculo. Uno de los puntos más altos de la presentación fue la conexión con el público, especialmente cuando Jaime González enseñó el coro de su más reciente tema, “Ira”, logrando que los asistentes respondieran al unísono. Un cierre participativo que terminó por consolidar una actuación intensa, bien ejecutada y, sobre todo, efectiva.

Ya eran las diez de la noche cuando las luces del Teatro Cariola se apagaron por completo. Toda esa larga espera, cargada de incertidumbre, encontraba finalmente su desenlace. El regreso de Nevermore dejaba de ser una promesa para transformarse en realidad. La banda irrumpe en escena junto a su nuevo frontman, Berzan Önen, enfrentando de inmediato una prueba de fuego: sostener una historia marcada por la figura irrepetible de Warrel Dane. No reemplaza a Dane, pero tampoco lo imita, lo interpreta desde otro cuerpo y no era un desafío menor. El arranque con “Enemies of Reality” proveniente del disco del mismo nombre (2003) funcionó como primer termómetro de la noche. La respuesta fue inmediata: Önen logró sortear ese primer obstáculo, conectando con un público expectante que necesitaba señales claras. Su técnica vocal, acompañada de un fraseo que por momentos evoca directamente a Dane, permitió reconstruir parte de esa atmósfera oscura tan característica, mientras que su presencia escénica, con una impronta firme y dominante casi como un guerrero otomano, aportó personalidad propia al rol. La continuidad del set con temas como “Beyond Within”, “My Acid Words”, “Engines of Hate”, “This Sacrament”, “The Seven Tongues of God” y “Final Product” dejó en evidencia que el engranaje musical de la banda sigue funcionando con precisión.

Ese groove progresivo, sostenido por riffs pesados y estructuras complejas, se mantuvo prácticamente intacto, reafirmando que la esencia de Nevermore no se ha diluido con el paso del tiempo. En ese sentido, el trabajo de Jeff Loomis y Van Williams fue fundamental. Ambos, como pilares históricos, lograron encaminar una maquinaria que parecía detenida, devolviéndole dirección y propósito sin caer en la simple nostalgia.

El bloque medio del show elevó aún más la intensidad con clásicos como “Narcosynthesis” e “I, Voyager”, desatando la respuesta del público con mosh y una evidente sensación de reivindicación: Nevermore seguía vivo. A esto se sumó uno de los momentos más celebrados de la noche, “Inside Four Walls”, tema que no sonaba en vivo desde 2011, convirtiéndose en uno de los puntos más altos del show. En la recta final, “The Heart Collector”, “The Obsidian Conspiracy”, “This Godless Endeavor” y “Sentient 6” consolidaron una presentación sólida, donde también destacó la integración de los nuevos miembros, Jack Cattoi y Semir Özerkan, quienes lograron acoplarse con naturalidad a la identidad sonora de la banda, respetando su atmósfera sin desentonar.
El cierre quedó en manos de “The River Dragon Has Come” (2000), un broche de oro que terminó por sellar una noche cargada de significado. Más que un ejercicio de nostalgia, lo vivido en el escenario fue la confirmación de que su historia sigue en pie, sostenida con respeto y convicción. Porque si algo quedó claro es que Nevermore no volvió solo para recordar el pasado, sino para demostrar que aún tiene muchas cosas que decir.

En definitiva, lo vivido en el Teatro Cariola no fue solo el regreso de una banda, sino la confirmación de que su esencia sigue intacta pese al paso del tiempo y las heridas del camino. Nevermore logró enfrentar su propia historia sin negarla, transformando la ausencia en impulso. Una noche que no solo respondió a la expectativa, sino que dejó en claro que, incluso tras la oscuridad, siempre puede haber un nuevo comienzo.

Por Octavio Ramos

Fotografías por Rubén Garate (@brutal_pebre_)

 

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